Antes
Tenía
fuerza, me creía la más poderosa. Por encima de los demás. Demasiada autoestima
y demasiado creer que podía con todo y que siempre iba a poder. Tenía el as
bajo la manga de terminar con todo cuando ya no pudiera más. Ya había vivido
bastante y me dedicaba a cuidar de lo que más quiero y mientras tanto, soportar
toda clase de momentos, penas, alegrías, y lecturas, que era y es una actividad
que me hace desarrollarme y me hace soñar y encontrar caminos.
El
tiempo de las metas y los debes habían pasado. Mi único debe era mi amor y
responsabilidad y mi único haber era mi afición y fuerza. Estaba por encima de
tristezas y de alegrías, sabía que iban a ir pasando y yo las iba a torear de
una forma u otra. Miedo nunca he tenido. O muy poco.
Guardo
un cajón lleno de pastillas, ahorradora suicida.
Pero
sucedió la explosión que nunca se produjo de una manera física e incapacitante
como hasta ahora. Y ahí estamos. Intentando que pase el tiempo, poniendo todo
de mi parte, viendo a días como las fuerzas me abandonan, agarrándome a
pequeñas alegrías como la paz y el descubrimiento de que no sufro. Si no sufres
avanzas medio paso para seguir con el resto, si sufres te metes bajo el
edredón. Esa es la ley universal. Paz. Por eso mucha gente medita, se agarra a
dioses, a la droga, a beber. Buscando paz. Absolutamente algo que le impida en
ese justo momento no sufrir. Y yo que sabía torear esos momentos, quizá por
ello, todo explotó, era supermán y dejé de serlo.
Ahora
Mientras
pasa el tiempo confuso y nuevo, sin saber si alguna vez reuniré fuerzas, sin
saber si podré construir mi casa para guarecerme, va pasando abril y empiezo a
cansarme de tonterías que no llevan a ningún lado. Aún no sé si quiero realidad
o ficción. Pero me debo a la realidad por cierto tiempo. Y dentro de la ficción
busco gustos sencillos, leer, escribir, jugar al gammon, pasear al calorcito
del sol y olvidarme de mundos viciados, encerrados en si mismos, como ese mundo
que atrapa de la noche, de los garitos de póker, en límites, en cuerdas en las
que pasearte y caerte, para herida, volver a subir, hasta que la próxima caída
te invalide y todo para qué?
Sigo
siendo auténtica y sigo detestando los escondites, prefiero, de lejos, la
soledad que es invisible a los demás. Ahí es imposible engañar, ni que me
engañen. Porque si me engaño a mi misma, no lo hago premeditadamente y siempre
termino descubriéndome.
De
momento, no quiero amantes ficticios. A ellos puedo recurrir si un día me
levanto primaveral, sin problemas. Quiero otra clase de aportes, ahora mismo.
Cuáles? Jaja y yo que sé. Me estoy construyendo otra vez. Hasta que llegue el
momento de abrir el cajón. Eso es vivir, seguir luchando hasta el descanso
final.
Y eso siempre lo he visto así. Aunque en algún
momento, alguien me nublara la visión y yo misma pensara que los hijos serían
algo mágico y redentor.






