Hay épocas en las que una está triste y desesperanzada. No sé si seré yo sola, pero muchas veces pienso que todos, en mayor o menor grado, tenemos trastornos bipolares o maniaco-depresivos. Son momentos duros en los que no sabes interpretar la felicidad y todo se te antoja un desafío a la coherencia. Que no distingues si la loca eres tú o lo son los demás.
Me considero una persona feliz y... qué es eso? Básicamente que me alegro de estar viva. Pero aún así y todo se pasan esos momentos tristes antes descritos, desencadenados por conjuntos de cosas o una cosa muy muy seria.
Aquí quiero hacer un paréntesis y hablar de la empatía. Cuando no estamos deprimidos, en ese momento exacto en que no lo estamos, no somos capaces de ponernos en el lugar de quién si lo está. Sospechamos que no está tirando cohetes, decimos: Jo! Pobre! pero pasamos rápidamente a otra cosa, a pasarlo mal, lo justo y que cada uno aguante su vela. Si en estos casos que todos hemos vivido somos incapaces de empatizar, que no será ponernos en el lugar de un ciego, por ejemplo. Te pueden explicar con palabras exactas y milimetricamente medidas las sensaciones de un ciego, pero nunca entenderemos la ceguera si antes no la hemos padecido ni aún, transitoriamente.
Y vuelvo. Depresión o momentos bajos. Es cuándo más felicidad necesitamos. La buscamos por todas partes, en grandes cantidades. Cuánto más triste, más felicidad buscas y menos encuentras. Da igual donde la busques, si comiendo o comprando mucho, si sexeando sin parar, te sentirás extraña, espantarás a todo el mundo y el valiente que se atreva contigo te dará mil y una fórmulas que de nada sirven, pues nada sirve, aunque salgamos, aunque nos encerremos. Algo así como la campana de cristal de la que habla Sylvia Plath, una campana que pende sobre tu cabeza y contiene un aire viciado y no puedes apartarla de ahí.
Y de repente. Un día, después de unos cuántos, de llorar y buscar y llorar y buscar y necesitar limpiar el rostro y, vuelvo a mencionar a Sylvia, con agua, jabón y compasión cristiana, entonces te das cuenta que no estás buscando, que ha pasado el día y no te han salido las lágrimas ni una sola vez, alguien te dice: que te has hecho hoy? brillas! . Al día siguiente, lo mismo, un par de grados más.
La felicidad, la vida , se ha instalado en tu vida inconscientemente, quizá cuando dormías, quizá en ese lado del cerebro al que no se accede de normal. Te das cuenta de que no la necesitas porque ya la tienes.
Y éste es el ciclo de las horas y los días. Y éste es el ciclo de la vida.
Pues... ahora. Ya puedo hablar, ya puedo escuchar, no necesito meter mi cabeza en un cajón. ¿Qué me decías.....?