domingo, 27 de enero de 2013

Leer a Wallace

Como cuando lees, por ejemplo animalitos inexpresivos.
Primero te quedas con la historia de Julie y los encierros con su hermano y la regla y esas infinitas construcciones de todo un mundo de líneas. Después se añadió la enciclopedia canadiense rara.
Te acuerdas del principio donde aparecen dos niños abandonados tocando un poste de madera y con una vaca pastando.
También te quedas con Faye y su madre, y su vida torcida para siempre por una serie de catastróficas desdichas, que empezaron por el contacto de su pelo rojo, en la oscuridad de un cine, con un extraño con O.
Avanzas en eso. Lo demás es secundario. Lo lees en superficie.
Lo siguiente que te llama la atención, es lo poético de la relación entre las dos, Julie Y Faye. A la orilla de la playa al amanacer, en el apartamento de Faye con sus paredes de cristal.
Aunque eso es antes….. tiras hacia atrás y vuelves a leer. Y sigues.
La relación tiene tres fases: anécdotas y gustos, contar en lo que creemos, y, relacionar lo que cree el otro con la realidad.
Llega el momento de las preguntas. Por qué me hice lesbiana? Qué respuesta doy si me preguntan?
Leo con fricción los ejemplos de errores en relaciones heterosexuales , defectos de hombres (en mi caso con fricción enfermiza). Por todo eso, por algo de eso, PUM! Se cae en el lesbianismo. Y al final leo aquellas verdaderas historias, declaraciones de hechos con peso, para caer en el lesbianismo y con ese punto de duda, error, equivocación, o argumento de Julie cuando cambia el lugar de un hecho de una declaración.
Pero….
Te das cuenta que es imposible sacar eso de contexto, que todos y cada uno tienen su papel principal y vuelves atrás. A leer más despacio.
Observas que el relato tiene como varios capítulos que no son el 1, el 2 el tres…tampoco títulos, subtítulos, sólo unas líneas formando ángulos de diversos grados, pero obtusos no rectos, nunca rectos, y desviados, pueden terminar después de casi una recta o angulo muy muy abierto en otro ángulo a continuación que igual se queda arriba o abajo.
Y piensas, ahora estoy en cómo mezcla hechos y personajes en cada capítulo, en la historia personal de éste y el otro y en lo que dice y en cómo actúa.
El relato va sobre un concurso de televisión, el trasfondo, los protagonistas, pero te quedas pensando en lo que dice cualquier protagonista y dices… tendrá que ver con…? Y vuelves atrás, a leer …por qué dicen en la 2ª página aquello sobre esto? Y te dices, luego volveré a ver que tiene que ver la fórmula del ángulo con lo escrito a continuación.
Así es como, más o menos leo a Foster Wallace, es una obsesión, una obsesión agradable, aguda, que atrapa, inteligente. Puedes absorber mil visiones y darles mil vueltas. Parece un palabrerío sin fin y cada palabra está cuidadosamente puesta en su sitio, como si todo estuviera imaginado en una escena de la mente que abarcara un paisaje de kilómetros en varios años consecutivos con todo lo que allí hay.
Sólo estoy hablando de un relato. Cuando leí la broma infinita  me pasaba algo muy parecido, deseché intentar explicar a la gente que me preguntaba mi opinión porque sencillamente me era imposible. Es un libro de más de 1200 páginas que mezcla personajes e historias en un tiempo indefinido con nombres de años según eras,  en donde una frase podía alargarse en varios párrafos, y donde poco a poco se iba desvelando a pequeños trazos , ese trasfondo psicológico de las situaciones y sus personajes. Estaba obsesionada pero no supe explicar, por qué.
Dice Wallace que escribir ficción era lo único que le hacía olvidarse de su vida, insoportable para él. Que empezaba a escribir por la mañana y se encontraba, a menudo, de noche y sin haber comido nada en todo el día. Esa ficción de genio que no todos pueden saborear ni entender.
Como alguien dice: Wallace siempre consigue que lo increíble parezca comprensible, lo raro, normal; lo absurdo, hilarante y lo familiar, extraño.
Otros, los menos, dicen: palabrería….

Animalitos inexpresivos

Cuéntales que tenías 8 años. Tu hermano tenía cinco y no sabía hablar. Diles que tu madre tenía una cara agotada e inexpresiva. Que había ido volviéndose cada vez más fea, primero por culpa de los hombres y luego de ella misma. Que su cara permanecía inexpresiva, enamorada de un hombre silencioso e impávido que os dejó tirados tocando un trozo de madera al lado de una carretera. Diles que tu madre os abandonó en un campo de hierba seca. Diles que el campo, el cielo y la carretera eran del color de una colada sucia. Diles que te pasaste todo el día tocando un poste, que allí estaban tu mano y la mano blanca de un niño tarado. Que esperabas que regresara porque hasta ahora lo había hecho siempre.
Diles que había una vaca. Estaba en el campo, junto al sitio donde tú estabas tocando la cerca. Diles que la vaca estuvo allí todo el día, masticando algo que se había tragado hacía mucho rato y mirándote. Diles que la cara de la vaca no tenía ninguna expresión. Que se pasó el día entero allí, mirandoos con una cara enorme que carecía completamente de expresión. Que casi te entraron ganas de gritar. El viento sonaba como alguien gritando. Y tú allí de pie, tocano la madera todo el día con una criatura que era la encarnación del silencio. Que podía, ya sabes, quedarse ahí indefinidamente, esperando al único coche que conocía y sin sentir la necesidad de comprender nada. Y una vaca te estaba mirando ahí delante, igual que podría estar mirando cualquier otra cosa.
Diles que todavía hoy no puedes soportar a los animales, porque las caras de los animales no tienen ninguna expresión. Ni siquiera un asomo de expresión. Diles que alguna vez miren la cara de un animal, que la miren de verdad.
Y luego diles que miren de cerca la cara de los hombres. Diles que se detengan un instante y miren la cara de un hombre. La cara de un hombre está totalmente vacía. Mírala de cerca. Diles que miren ellos también. No lo que hacen las caras, porque las caras de los hombres nunca dejan de moverse, son como antenas. Pero lo único que hacen sus caras es moverse e ir adoptando diferentes configuraciones del vacío.
Diles que en las máscaras de los hombres no hay agujeros para meter los dedos. Diles que es imposible querer algo que no se puede coger con los dedos.

Una vez me preguntaste cómo entendía los poemas. Te acuerdas? Te acuerdas del mar?De nuestro mar al amanecer, de cómo nos gustaba? Nos gustaba porque era como nosotras. Aquel océano era obvio. Todo el tiempo estábamos buscando algo obvio. El mar sólo es el mar cuando se mueve. Las olas son lo que distingue al mar de un charco muy grande. El mar no es nada más que sus olas. Y todas las olas del mar terminan chocando con lo que ellas mismas empujan y rompiendo. Todo lo que estábamos mirando durante todo el tiempo que estuviste haciendo preguntas era obvio. Era obvio y era un poema porque éramos nosotras. Mira esa clase de cosas. Tu propia cara cuando adopta una expresión. Una ola que rompe sobre una roca y pierde su forma en un gesto que expresa esa forma. Lo ves?.

Animalitos inexpresivos.
David Foster Wallace.