Pasábamos largas tardes en bares, escribiendo en servilletas.
Cuando todavía había sol, nos ajustábamos el pañuelo a la pierna, y hacíamos tintinear ruidosos y baratos collares hechos con nuestras manos . Hablábamos con despatriados de su casa ,creyendo ver en ellos el antónimo de la vulgaridad que se respiraba entre tanta silueta gris y defraudándonos al comprobar que sólo vivían por un trago o siempre lo mismo!!! Con los ojos bien abiertos y demás sentidos alertas, seguiamos caminando por la calle de arriba a la derecha y devorábamos películas de Herzog, para compensar un poco las cosas, aunque había quien prefería quedarse con los despatriados cantando canciones alrededor de una imaginaria hoguera.
Eramos tan bohemios y tan jóvenes que cuando escribiamos cualquier poesía, nos emocionábamos tanto, que pactábamos con sangre. Están las cicatrices, podriaís comprobarlas. Intentábamos cifrar los dolores de alguna forma y qué sabíamos nosotros si éramos jóvenes.
Él hablaba de amor, a su manera. Ya por entonces yo no quería hablar de eso. Me parecía patético. En nombre del amor se cometían verdaderos actos de vandalismo y se traicionaba a la gente. Un buen bohemio joven y puro no tiene que mezclarse con eso.
Cuéntalo tú, Arthur Rimbaud