La mañana todavía negra
y desconfiada como una viuda.
Lo que me abraza se parece a la pureza.
Frente a mi hay un espejo que no miro.
¿Ni siquiera una sonrisa de despedida?
No, con mi sonrisa
concedo pactos,
prometo paz,
miento.
Hasta aquí. Hasta hoy.
Becas, premios, terapias de electroshock,
distinciones de todo tipo, yo
dedicándole alfas a un muerto desde los 8 años, yo
recolectando la miel de un homenaje, yo
luchando contra la sinusitis en mi cuarto de Smith y
escribiendo relatos por 100 dólares,
pero ¿qué horizonte no tiembla si lo miras fijamente?
Si esto es la traducción de una traducción
que alguien revise el sentido de mis actos:
Cómo sigo los pasos de Yeats por las habitaciones, cómo enredo mi bufanda al cuello cuándo sólo la muerte puede abrigarme, cómo preparo pan con mantequilla y cojo dos tazones y vierto leche en ellos por si mis cachorros tienen hambre antes de que llegue la canguro, cómo cabalgo a Ariel y ordeno los últimos poemas que dicen que escribí antes de convertirme en una sombra más, en otro pedazo de frío.
11 de Febrero de 1.963. Seis de la mañana.
¿Lo tienes?
Bien: añade azul al negro.
Lo que hacen los demás con el dolor y lo que hago yo con el dolor. Ésa podría ser una manera de clasificarlo todo.
David Aceituno. Extraído del libro de Sylvia y Ted.

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