jueves, 28 de abril de 2011

El verano que desembocó en otoño

Lydia había aprobado todo ese curso. El verano se presentaba lánguido y todo por delante. Con su vespino iba a cualquier parte. Había una tasquita en el lugar de veraneo, donde la música sonaba más especial que en otros sitios. Se había hecho una nueva pandilla compuesta por un montón de gente variopinta. Con unos pasaba las tardes fumando canutos, con unas chicas iba a sus casas a ver sus cuadros, a cambiarse trajes, había uno de flecos por el que se pegaban todas. Lydia tenía reparos cuando Chús estampaba sobre la pared los restos de la jeringuilla. Es que no sabía quien iba a limpiar eso. Y le preocupaba Chús, en pleno agosto con jersey y moqueando, pero se le olvidaba cuando le hacía reír, porque era deliciosa, hasta cuando fruncía el ceño. Y el indio, que la miraba con extrañeza. Y esos chicos un poco macarras que siempre desfilaban 20 veces por delante. Había uno que le guiñaba el ojo. Lydia le sostenía la mirada sin devolverle el guiño ni sonreírle. Tenía tantos amigos que no necesitaba a uno-a solo. Cada uno tenía su papel, en la comedia del verano.
Ese verano aprendió Lydia a dismular los ciegos en casa y a sonsacar intimidades de todos.
Llegó el otoño y la tasca seguía abriendo y Lydia seguía yendo los fines de semana.
Cuando la tasca cerraba iban a una discoteca de pueblo a seguir la diversión.
Una noche Lydia le pidió el mechero al macarra que le guiñaba el ojo. Vas a incendiar el mundo? le preguntó
Quién sabe? por contestar algo
A la hora de la vuelta le dijo que si no le importaba acercarlo al pueblo de la tasca.
Claro, voy para allá
A mitad de camino, en la moto, empezó desde atrás a hacer movimientos extraños que desequilibraban la moto.
Qué coño haces?
La respuesta fue muy simple
La tiró a la cuneta, le rompió la ropa y se desahogó
Gracias a Dios la moto volvió a arrancar, aunque estaba herida
Lydia se fue con la ropa rasgada y sangre a su casa. No supo ni como llegó. Por no despertar a nadie metió la ropa rota en una bolsa, se limpió y se metió en la cama. No sabe si durmió, sí estuvo un buen rato maldiciendo en silencio, pensó que álgo tenía que cambiar, no podía ser siempre así .
Una cosa que si cambió es su total y absoluta desconfianza hacia todos los hombres. Pensó en meterse monja o desaparecer. No sabía que era todo aquello pero no tenía ninguna gracia.
Primero el uno, despues el dos.
Cómo no dejar que nadie la tocara sin aridez?
Ese era su gran problema.
Soy simpática, pero no me toques.
Lydia lo veía todo muy complicado

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