miércoles, 1 de mayo de 2013

Hacer el amor





Tan importantes como los principios de un libro, pueden ser los finales.

Hacer el amor de Jean-Philippe Toussaint, habla de una pareja que está terminando. Van a Tokio por motivos de trabajo de ella, de Marie, pero van a romper, a hacer el amor por última vez.

Se contempla Tokio de noche, con todas sus luces y neones, edificios y callejuelas, sus gentes, sus seísmos, su lluvia, la nieve, su cielo gris.

Se contempla e imagina a la pareja. Escenas desgarradoras. Marie llora casi todo el tiempo. Él se agarra a su frasco de ácido clorhídrico.

Era una buena idea viajar juntos, si era para romper? En cierto modo, sí, ya que aunque la proximidad nos desgarraba, el alejamiento nos hubiera acercado.

Era mi calor y no la sutileza de mi dialéctica lo que ella necesitaba, a ella le daban exactamente igual mis palabras y mis reflexiones, lo que ella quería era un arrebato del corazón, el impulso de mis manos y de mi lengua, de mis brazos alrededor de sus hombros, mi cuerpo contra su cuerpo. Es que yo no había comprendido eso? Y sin embargo, sólo dios sabe cuántas ganas tenía de besarla en aquellos momentos – y mucho más en ese instante, en que nos separábamos para siempre, que la primera vez que la besé……….

El terremoto en el puente al amanecer, mientras nevaba, donde las luces seguían destellando igual que en la noche, luces diurnas, ahora.

Y el final de la primera parte, allí en el puente:

Amanecía en Tokio y yo le hundía a Marie un dedo en el culo.

 

Desapareció  enfermo, con su frasco en el bolsillo. Fue a Kioto unos días, para alejarse y finalmente volver a Tokio, al museo de arte contemporáneo donde se exhibían los vestidos de Marie, cuando ya estaba cerrado.

Y el final de la segunda y última parte. El final del libro:

Me paré contra un árbol y contuve la respiración. No osé moverme. Cerca de mi, en la sombra, frágil y minúscula, había una pequeña flor solitaria. La observé, la luna la iluminaba débilmente y hacía brillar sus pétalos blancos y malvas con reflejos pálidos y delicados. No sabía que tipo de flor era (una flor silvestre, una violeta, un pensamiento) y, sin dar un solo paso más, hastiado, roto, exhausto, para acabar de una vez, vacié el frasco de ácido clorhídrico sobre ella, y se contrajo de golpe,  retorciéndose en mitad de una nube de humo y un hedor espantoso. No quedó nada: tan sólo un cráter que humeaba bajo la débil luz del claro de luna, y el sentimiento de haber originado ese desastre infinitesimal.

Un Libro pequeño, bello y delicioso.

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