(Sobre Pavese)
Era un café mediocre, de franquicia.
A ella se le amontonaban todas las ideas como si fueran abejas chillonas de un mismo panal, estaba muriendo.
La tarde, pese a soleada, estaba impregnada de muerte. Recuerdos amables y a la vez sangrantes y angustia color ceniza, la de ella.
Sumida en el mismo ojo del huracán, le confesó que quería dejar de sentir. Toda una vida sintiendo era ya demasiado, que cambiaría a fuerza de muerte y resurrección, el brillo de la estrella y la música que quiebra, por el azul oscuro casi negro.
Pero no lo hagas! No! Le decía él.
Dejarás de ser, serás otra. No tendrán valor tus papeles, nada ciertos serán. Serás la contempladora de vidas ajenas.
Ella se conmovió por el gesto de saberse reconocida, pero ese sufrir no se aplacaba y no aguantaba más.
Decidida, empezó a mirar los atropellos y los salmos sin temblar.
Sólo de vez en cuando, dejaba escapar parte de su pasado, para recordar que la vida existía.
Y ésta es la aproximación a Pavese.

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