Mira, no necesito a nadie, de normal. No sé si es que no necesito o no quiero necesitar que hay diferencia pero, para qué planteársela?
Y aún así siempre tienes a alguien a quien querer, alguien a quien cuidar..
Pero puede suceder que un día, necesites un electricista, está bien. Se le llama, se le paga. Pero y si al ir al hospital corriendo, dejaste el coche mal aparcado, el cargador del móvil en casa, tu cepillo de dientes, tu libro….? Quien hace eso por ti? Dónde encuentras de entre los mil amigos ese que salga de su casa bien amueblada, incluso con gente, que te haga el favor y no duerma?
Porque es posible que lo necesite pero no al precio elevado de compartir años y días y horas ,con segundos a su lado.
Que ya me eligieron a mi, y me pillaron tierna y endeble y hasta hoy. Pero por dios concédeme el regalo de no tener que pagar tan alto precio por vivir. Porque me han hecho más, que he hecho pero no he hecho lo que hubiera querido hacer. Una pura condescendencia.
Y dentro de esa rutina no elegida a conciencia surgen incesantes adaptaciones. No hay bastante con los propios cambios que se suceden por las asociaciones lejanas y ligeramente tangenciales
Que te hacen cambiar continuamente y adoptar las palabras de Monelle:
“ destruye, destruye, destruye. Destrúyete a ti mismo, destruye a tu alrededor. Haz sitio para tu alma y para las demás almas.
Destruye cualquier bien y cualquier mal. Pues los escombros son parecidos. Destruye las antiguas moradas de los hombres y las antiguas moradas de las almas; las cosas muertas son espejos que deforman.
Destruye, porque cualquier creación proviene de la destrucción.
Y para lograr la bondad superior hay que aniquilar la bondad inferior. Y así el nuevo bien parecerá saturado de mal.
Y para imaginar un nuevo arte, es necesario agrietar el arte antiguo. Y de este modo, el arte nuevo parecerá una suerte de iconoclastia.
Porque cualquier construcción está hecha de despojos, y no hay nada nuevo en este mundo sino las formas.
Pero hay que destruir las formas” (El libro de Monelle. Marcel Schwo
. Si al soñar pudiera desear, éste sería un deseo de estar sola y no crecer, ser Peter Pan y luego morir. Con una procesión de niños y niñas blancos, con sus minúsculas lamparitas de aceite, que iluminan el trocito de espejo pegado en la pared de la casa vieja y sucia de juegos donde no se trabaja, sólo se juega, y me avisara que no me hago vieja. Como la sin nombre, Monelle.
Otros días a contrapelo.
